Paginas de autógrafo




En realidad, al decir de los poetas, nadie sabe cuando se pierde lo perdido. Hace muy poco, en medio de una agradable charla entre colegas y mientras arañábamos historietas alguien me recordó que en alguna parte yo debía de tener un álbum de autógrafos.
La pequeña libreta con multicolores hojas se utilizaba en mis tiempos de estudiantes para lo mismo que hoy se maneja con soltura el correo electrónico, con la diferencia que entonces era algo intimo y personal y hoy esa comunicación es absolutamente publica y descaradamente colectiva.
Como en esencia el autógrafo es un documento escrito totalmente a mano y firmado por su autor dedicado a un admirador, nosotros mismos nos la dábamos de fans convirtiendo en famosos a nuestros compañeros de aula al pedirle su rubrica.

El Guayabo




Cuando se va rumbo a la región oriental del país, unos cinco kilómetros después de la entrada para Jimaguayú, muy cerca de la carretera central, se encuentra la comunidad El Guayabo, un pueblito potencialmente ganadero fundado en la década de los 80 y que no sobrepasa los 700 habitantes.
Ese es un asentamiento como tantos de los que nacieron después del triunfo de la Revolución, con calles de tierras zanjadas por las lluvias, casas de piezas de prefabricado alineadas junto al camino, modestos jardines, escuelita rural, bodega, consultorio del médico de la familia y con un círculo social que es el escenario principal y único de fiestas y conmemoraciones, donde habita gente noble y trabajadora.
Fuera tal vez un lugar intrascendente si a la camagüeyanísima Josefina Loret de Mola y a su esposo Arturo Artola Labrada no se les hubiera ocurrido en el año 1944 construir en su finca El Guayabo una fábrica de queso y mantequilla con un tanquezote en forma de bala que incentiva al imaginario popular y es un símbolo del lugar.
Por Yurislenia Pardo Ortega
Foto; Leandro Pérez Pérez