La
escuela pública no. 26 estaba casi a la entrada del reparto
Ballina, entre la Carretera Central y el camino de Palomino, algo más
allá de la bajada del puente de San Lázaro sobre el río Tínima,
al oeste de la ciudad.
Construida
de ladrillos y tejas sobre un humedal ni sé cuantos años pudo tener
ni cómo los resistió entre las hierbas y el macío. No era en
verdad una zona pantanosa, pero como el terreno formaba una
hondonada, apenas caía una llovizna todo se llenaba de agua y
entonces teníamos que subir a las mesas y pupitres para estar a
salvo.
De
las goteras, ni se diga. Media hora después de la escampada seguía
lloviendo dentro.
Por
supuesto que para nosotros, alumnos del primero a sexto grado,
aquello era una fiesta y muy a gusto nos la pasábamos saltando de
una mesa a otra o jugando a los barquitos de papel y descontinuando
una buena cantidad de libretas a lo largo del curso.

