Uno de los cines más famosos de nuestra ciudad en todos los tiempos, luego del teatro Principal, lo fue Apolo. Cuando en 1962 se clausuró, detrás quedaron 53 años de gloriosa existencia aun discutible. Lo curioso es que luego de esa clausura oficial el edificio del Apolo funcionó por unos pocos años más como heladería, pero sin oportunidad ninguna de continuar con sus bullangueras tertulias y matinées de fin de semana donde se reunía lo mas granado de la muchachada lugareña.
Te contaré que el cine teatro Apolo se inauguró en la noche del domingo 21 de febrero de 1909. A pesar de la lluvia, decenas de personas se agolparon en la calle de República esquina a Finlay, esperando poder entrar al moderno edificio de dos plantas concluido en solo siete meses, propiedad de los empresarios Andréu, Díaz y Estévez. El escenario fue muy amplio, según los requerimientos de la época, y su embocadura se decoró con arte, luciendo como telón de fondo una hermosa cortina de peluche amarillo con cordones de plata. El decorado del salón era de tonos blancos, con originales adornos dorados y multitud de lámparas de dos brazos.
¿Y por fin, porque Camagüey es Camagüey?
Puede que no haya algo tan complicado en la historia local como el propio nombre de la ciudad de Camagüey. Eso, sin contar fechas de fundación, trasiegos, encuentros con piratas, convivencia con bucaneros y esa enigmática sinrazón de convertirse de pueblo costero a mediterráneo por el gusto, parece, de encerrarse sobre si misma.
Admiró tanto a Cristóbal Colón la bahía descubierta al poniente de su ruta durante el primer viaje al nuevo mundo que, para distinguirla de otras ya conocidas, la denominó del Príncipe y de paso se la dedicó al hijo de los reyes españoles Fernando e Isabel.
Poco después con la campaña de conquista, las cartas náuticas llevaron a los capitanes de Diego Velázquez a la bahía renombrada, escogiendo como lugar de fundación de alguna aldehuela el árido promontorio de punta del Guincho, porque les pareció bien, como balcón y defensa de ese mar interior.
Admiró tanto a Cristóbal Colón la bahía descubierta al poniente de su ruta durante el primer viaje al nuevo mundo que, para distinguirla de otras ya conocidas, la denominó del Príncipe y de paso se la dedicó al hijo de los reyes españoles Fernando e Isabel.
Poco después con la campaña de conquista, las cartas náuticas llevaron a los capitanes de Diego Velázquez a la bahía renombrada, escogiendo como lugar de fundación de alguna aldehuela el árido promontorio de punta del Guincho, porque les pareció bien, como balcón y defensa de ese mar interior.
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