Muchos
pueblos han pasado a la posteridad por haber sido cuna de hombres
célebres, o por sus paisajes particulares, porque tuvieron lugar
batallas memorables, sucesos artísticos o científicos. Los ejemplos
pueden ser infinitos, Troya, Palos de Moguer, Venecia, Normandía,
Atenas, Leningrado, Gibraltar.......
.
En
esa relación criolla no puede faltar El Guatao, pueblito al norte
habanero que alcanzó fama de forma peculiar, pues su inscripción en
la historia fue avalada por una connotada tángana callejera que a
poco la convierte en cenizas.
Allí
la chispa fue la presencia de la hermosa criolla Fela Cuesta, quien
participaba en las fiestas que solía dar en su rancho Mamá Kindimba
allá por la medianía del 1890 donde, junto a los músicos, no
faltaba el aguardiente de caña. Al fin al celos y pujas por bailar
con la Fela generó un día lo que ustedes ya saben.
Luego
de los hechos, la propia historia ha ido condimentando la realidad,
aunque de todas formas lo cierto es que esa bronca la elevó a la
posteridad el choteo criollo con el aquello de "Se acabó
como la fiesta del Guatao". Desde allí en lo adelante
toda riña tumultuaria se mide con esa misma vara. Con la del Guatao.
En Cuba se ha hecho tan popular la expresión, que por lo general la
aplicamos a muchos otros sucesos donde por lo menos hemos tenido un
conato de galleta.
Camagüey tuvo también alguna vez, a su manera, su Guatao.
Les
cuento.
La
Griselda era para la década de 1950 un finca situada por la loma de
Salambó, a medio camino entre la ciudad de Camagüey y el caserío
de Cabeza de Vaca, punto al borde del antiguo Camino Real de Cuba.
En
lo actual ya toda esa zona se enmarca en el entorno suburbano. Los
pobladores del lugar eran familias muy alegres y unidas, quienes
solían celebrar fiestas con frecuencia y por cualquier cosa, y a
ella asistían por lo regular jóvenes de la ciudad atraídos, no
tanto por la música como por las muchachas, famosas en la zona por
su belleza.
Por
supuesto, esas visitas eran mal vistas por los galanes del patio que
tenían en los "intrusos" fuertes competidores.
Un
14 de febrero se organizó otro de los ya populares bailes, con la
diferencia que este iba a hacer época.
Por
la mañana cerveza, ron, lechón asado, pelea de gallos y carrera de
caballos y por la tarde y la noche guateque campesino en el batey de
la finca.
La
cosa comenzó a ponerse mala con los dimes y diretes propios de las
controversias campesinas, donde además de algunas indirectas a los
visitantes, hubo uno que otro conato bélico.
Resultaba
por desdicha que no hacia tanto una de aquellas jóvenes se había
"corrido" con su novio camagüeyano, amigo de algunos de
quienes fueron a La Griselda ese día.
Como
algunos jóvenes del lugar vestían de guayabera, comenzaron a exigir
que los bailadores extraños sacaran las ca misas por fuera del
cinto para estar todos iguales. Mire que cosa aquella. Pero así fue
como comenzó la porfía y el empuja - empuja.
Las
décimas de los repentistas subieron de grado y entonces llegó al
salón cierta cuarteta cantada a coro por los avecindados; "·La
gente de Camagüey/ aquí no puede bailar/ con la camisa por
dentro,/se la tiene que sacar".
Y
así dale que dale por mucho rato.
Cansado
ya de tanta "gracia" pesada e indirectas, y sin la medida
de prudencia que aconseja tales situaciones, uno de los visitantes se
acercó al grupo musical y pidió permiso para improvisar lo suyo.
Se
paró allí y cantó; "Me
sacaré la camisa/ porque yo quiero bailar,/ pero la gente de aquí/
no es mierda ni regular"
Y
en efecto, aquel baile de La Griselda se acabo como la fiesta del
Guatao.
Qué particular es la vida o las costumbres de los pueblos, lo era también en mi pueblo argentino de la provincia de Santa Fe, en su parte norte, donde casi naciera la colonia suiza. Yo tenía diez años por entonces y concurrimos unas veces, pero no tantas, a una fiesta criolla, de gente humilde como lo éramos nosotros, mi viejo trabajaba de policía, Cabo por esos días, y junto a un tío albañil contratista, eran amigos con los dueños del patio que organizaban la bailanta. Los mayores bailaban y los niños juntábamos los vasos para volverlos a llenar de cerveza que un diariero, el negro Maidana, tiraba de un barril de 70 litros. Por haber leído su texto me brotó este recuerdo que dejo inconcluso, muchas gracias.
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